Nos quedamos

Echar raíces en los años más secos del Corredor Seco

Por Gabriela Sánchez
Migrar a otro país es el último recurso para miles de campesinos que tratan de adaptarse a la irregularidad de las lluvias en el Corredor Seco. Nos adentramos en las vidas de cuatro pequeños productores hondureños que por el momento han decidido quedarse.
Ana
"No hay cosa más bonita que no depender de una pareja"

El área donde vive es cafetalera, pero Ana acumula varios años de pérdidas en sus intentos de siembra del café. Su desdicha es común en la comunidad, La Florida, y ha empujado a migrar a varios de sus familiares. Ella estuvo a punto de marcharse, pero el miedo a distanciarse de sus dos hijas y los muchos riesgos ligados al viaje le hicieron replanteárselo. Decidió quedarse y continuar en busca de alternativas.

Forma parte de los ciudadanos que practican aquello que numerosos organismos internacionales dicen que deberían hacer: adaptarse a los cambios del clima, ser “resilientes”. Pero sin ayuda, en el Corredor Seco no es fácil esquivar sus efectos sin pasar hambre.

Ana, de momento, lo ha logrado. “De momento”, enfatiza, porque en los últimos años ha enganchado proyecto tras proyecto para comprobar por sí misma cuáles son compatibles con la inestabilidad de las lluvias. Ahora no pasa hambre y puede ahorrar.

El concepto “resiliencia” podría haberse acuñado sobre su ejemplo. Durante los últimos años, Ana ha saltado de un oficio a otro hasta conseguir encajar el puzzle. Cuando la falta de lluvias acabó con sus seis años dedicados a la producción de café, la hondureña pasó a trabajar en una empresa en el área de mantenimiento de maquinaria a través de una cooperativa. La apicultura se convirtió en su siguiente proyecto, pero la meteorología también afectó a la producción de miel.

“Éramos como 17 mujeres, todas madres solteras, todas con parcelas de café. El precio se vino abajo y la cosecha no estuvo tan buena. Tengo las tierras todavía pero después de perder la siembra me desanimé, porque es una inversión que se hace y no se sabe…”, explica Ana, sentada en el patio. Su mente siempre trajina en busca de nuevas oportunidades. “Siempre analizo qué puede ser beneficioso y qué no. Dejé la apicultura y ya me metí en proyecto de cerdo. Para todo el agua es importante y ahorita no sabemos ni cuándo va a llover ni nada. Es un descontrol”.

Abandonó entonces cualquier actividad que dependiese de la lluvia. “Cuando empiezo un proyecto y veo que no hay ganancias, yo lo cambio y pongo otro. Sería mejor apostar por rubros que no afectan al cambio climático, es decir, que no se trate con plantas. La persona que quiera trabajar con plantas por lo menos tendría que tener un sistema de riego, de lo contrario no va a poder trabajar con ellas”, concluye la mujer, mientras sus hijas corretean a su alrededor.

Ana compró dos animales, una gallina, para consumir y vender sus huevos, y una cría de cerdo, para comercializarlo una vez desarrollado. En el trabajo encontró un refugio en las peores épocas de su vida, cuando su casa no era casa por razones que prefiere no publicar. Su objetivo constante es no depender de nadie: “Mi papi me enseñó a trabajar. Las niñas tienen que ser independientes. No hay cosa más bonita, para una, que no vivir de la pareja.”. Hace escasos meses logró un empleo fijo como policía local. “Soy la única mujer, pero he conseguido que me respeten”.

“Siempre analizo qué puede ser beneficioso y qué no. Para todo el agua es importante y es un descontrol”
Ana Francisca
Ana Francisca
Salir de casa en busca del pan cada día

Son las 4 de la mañana y Ana Francisca Ochoa se despierta un día más con la incertidumbre de si tendrá algo que comer. Si esta noche se dormirá con una torta de maíz en el estómago o conseguirá algo más que poner sobre la mesa. Ante la pérdida de las últimas siembras y la liquidación de la mayoría de reservas de granos básicos, Francisca salta de la cama con la ansiedad de cumplir su meta diaria: “Salgo de casa para ganarme el pan de cada día”.

Pasadas las 10 de la mañana, Ana Francisca vuelve a casa. Su marido la observa llegar desde la hamaca donde ha permanecido balanceándose toda la mañana. “¡Qué barbaridad, ya venís con algo”, le dice. “Cualquiera que no camine y sea haragán no se gana el pan de cada día”, responde la mujer, madre de tres niños, dispuesta a desarrollar cualquier labor que le permita ganar algo de dinero para comprar comida.

Cada día, la mujer hondureña empieza a caminar en busca de cualquier trabajillo que pueda surgir. “Ahorita vengo de lavar una ropa. Me dice una vecina: andá a lavarme la ropa. Y allí fui”, añade alegre. “Ya me pagó 100 pesos (3,69 euros), que me da para la comida”. Esas 100 lempiras se han traducido en medio kilo de frijoles y una pequeña bolsa de espaguetis. “Eso es lo que una de pobre puede comprar. Porque una libra de carne no puedo, porque vale 75 pesos; la libra de queso, 65 pesos. Lo más que usamos son espaguetis, frijoles y arroz”. Sus dos gallinas le permiten contar con algo de proteína, reservada para sus hijos. “Con esto ya le cuezo el huevito y se lo pongo a mis niños. Nosotros no tomamos, solo ellos”.

“Ahorita así estamos pasando la vida. Ahí ando yo: lavando, planchando, me ha gustado desde pequeña. Desde que mi mamá me tuvo y mi papá nos abandonó, yo la ayudaba”, recuerda sentada en una hamaca colgada frente a su pequeña cocina. Su esposo emigra a otras zonas del país para trabajar en la temporada de la corta del café y la caña de azúcar. Mañana mismo dejará de nuevo su casa. “Él me dice: ¿pero no te da pereza? No, le digo yo, solo el día que Dios me mande traer (me lleve) voy a dejar de hacer oficio. Yo no padezco de pereza de nada. Cualquiera que me diga que le haga unas tortillas, yo se las hago. Que quieren que vaya al pozo a por agua, para allá voy”, describe con cierto orgullo.

Hoy ha sido un buen día. Otros regresa con las manos vacías. “A veces cuando no tenemos, a los niños míos les damos el huevito y le damos la leche de vaca, que a ellos les gusta bastante, cuando no hay mucho y le hacemos un poco de arroz en leche. Nosotros tomamos la tortillita [torta] de maíz con sal”. Lamenta que su hijo haya tenido que emigrar a San Pedro Sula, la ciudad más peligrosa de Honduras, pero lo comprende: “Aquí ya no se halla la manera de salir adelante”.

Siempre fue complicado, matiza, pero no tanto como ahora. Ana Francisca identifica el momento en el que todo cambió. “Desde que ‘ese Niño’ se metió ahora ya no llueve como antes. El Niño -refiriéndose al fenómeno meteorológico- chupa el agua desde hace unos años”, dice con enfado. “Sembramos un poquito de maíz, pero mire que en las últimas siembras de maíz, se cayó todito en el suelo y lo perdimos”. Tras las pérdidas de varias cosechas, los granos básicos que suelen reservar se agotan, y vuelve el hambre.

Ante la pérdida de las últimas siembras, Francisca salta de la cama con la ansiedad de cumplir su meta diaria: conseguir el dinero justo para poner algo en la mesa
Gladys
Gladys
La lucha frustrada de Gladys contra la hidroeléctrica que seca su río

Parece como si aún no se lo creyera. La madre de Gladys observa con la mirada fija el mismo río donde nadaba durante horas cuando era niña y niega con la cabeza. En el lugar donde esta mujer de la comunidad indígena lenca dirige sus ojos ya no hay río ni hay nada. Solo queda un surco de piedra, arena y matorrales secos. El río ya dejó de ser río años atrás.

Su hija Gladys presintió este final cuando hace más de diez años la diputada nacionalista Gladys Aurora López impulsó la creación de un proyecto hidroeléctrico en su comunidad. Había visto numerosos vídeos de los efectos que dejaban las represas en otras regiones cercanas: había escuchado a Berta Caceres advertirles de que esto ocurriría, de que las promesas de empleo y mejoras sociales no llegarían, pero el río se secaría.

Gladys

Para evitarlo, Gladys fue una de las líderes sociales de su municipio, San José (La Paz), contra la creación de la represa, pero su lucha no acabó en victoria. Diez años después del inicio del proyecto, la comunidad se ha visto dividida entre quienes obtuvieron un empleo en la represa y el resto de habitantes.

Los vecinos del Aguacatal aseguran tener problemas de acceso al agua que antes no existían. “El río era precioso, y las quebraditas... Ahora no. Ahora están secas. No hay agua. Aquí la gente tenía agua de los nacimientos, pero los nacimientos ya están secos. La gente se pregunta por qué ya no tiene agua”, se queja Gladys en su casa, ubicada en la zona alta de la montaña. “Donde yo vivo el sol calienta cuanto antes no era así. Usted va caminando y le entra un calor de los pies para arriba, que uno no lo soporta. Uno busca una sombra y ya no hay sombra porque tampoco quedan árboles”, lamenta la mujer, quien se dedicaba al cultivo de maíz, pero hace varios años que ha perdido buena parte de las cosechas debido a las lluvias irregulares.

Según ha denunciado la Red de Defensores y Defensoras Indígena Lenca de La Paz, ninguno de los proyectos prometidos por los promotores de la represa ‘Aurora I’ se cumplió. Las familias han esperado en vano la construcción de escuelas, pavimentación de sus calles principales, proyectos de agua potable y saneamiento, letrinas, fluido eléctrico, planes de reforestación y proyectos de vivienda y educación.

El resultado: menos agua pero ni rastro del “desarrollo” al que se aferraban los defensores del proyecto.

“Los daños ambientales causados por este tipo de megaproyectos afectan a la capacidad de las mujeres para proporcionar alimentos y agua a sus familias y comunidades”, concluye una reciente investigación de InspirAction sobre migraciones climáticas. “Con la pérdida de sus tierras y el agua, el trabajo que deben hacer las mujeres para cumplir con las expectativas de su rol en el hogar aumenta, aunque sigue invisibilizado y no valorizado, como hacer rendir más la comida, buscar nuevos recursos hídricos”.

Gladys ha sido una de las mujeres que sigue en la lucha contra la continuación de la represa ‘Aurora I’. Pero tras haber sufrido varios episodios de acoso ligados a su labor se siente agotada. Cansada por no tener lo suficiente que comer, no encontrar un trabajo remunerado y perder cosecha tras cosecha.

No se quita de la cabeza la idea de migrar. Su madre y sus hijas frenan (o retrasan) su decisión, mientras la falta de agua, la irregularidad de las precipitaciones y la carencia de oportunidades laborales le impulsan a unirse a su hermano, quien lleva años en los Estados Unidos.

Gladys fue una de las líderes sociales más activas contra la creación de la represa impulsada por una conocida diputada de Honduras, pero su lucha no acabó en victoria.
Walter
Walter
Soñar con volver a dormirse sobre sacos cargados de maíz

Si piensa en su infancia, Walter se recuerda dormido sobre grandes sacos de maíz. Aburrido, porque su padre nunca llegaba a vender la totalidad de las bolsadas de milpa recolectadas cada invierno. Ve la calle principal de Marcala (La Paz) a rebosar de habitantes de otros municipios que acudían atraídos por el prestigio del cereal de su pueblo.Parece que escucha el sonido de los granos sobrantes acariciados por quienes ya se habían hecho con el millo de otros agricultores.

“Ahora esas calles están vacías: tenemos que desplazarnos nosotros para comprarlo”, lamenta Walter, centrado ahora en la producción de café. Con el mijo ya se ha rendido.

El agricultor cuenta con tierras propias, de mediana envergadura, para cultivarlo. Su situación es algo más aventajada que la de los agricultores de subsistencia de la zona. No pasa hambre, pero ya ha empezado a actuar ante la pérdida de buena parte de la producción. Sus cuentas familiares se ven resentidas, por lo que ya no puede contratar a tantos mozos como antes. Es una realidad repetida en la zona que impacta en quienes dependen de los empleos irregulares surgidos en fincas ajenas.

“Hemos estado sobreviviendo con el poquito de café, pero el café es barato. Casi uno trabaja para que lo miren trabajando de lo suyo, porque no es rentable”, lamenta el agricultor mientras muestra las hojas dañadas por la plaga más común de la zona, ligada al escasez de precipitaciones: “La roya está terminando la planta. Si eso lo sumamos al bajo precio del café, temo que en unos cinco años estemos de brazos cruzados”.

El siguiente paso ante la falta de cosecha ligada al cambio del clima es limitar los gastos. “Queremos comprar algo para la familia, ya no lo compramos. Lo que tenemos, lo tenemos para sobrevivir durante el tiempo que nos toque comprar, ya que el maíz solo nos da para consumo propio, pero no es suficiente”, detalla delante de la explanada donde sus empleados que trabajan en el secado del café.

Aún mantiene reservas económicas de la producción de años anteriores, apunta, pero la escasa rentabilidad de la finca le ha hecho plantearse seguir a los cerca de 15 familiares que dejaron sus hogares ante la falta de oportunidades ligadas a las repetidas sequías. “Una parte fue para España; otra EEUU; otra Tegucigalpa (Honduras), para trabajar de policías o militares y otra a El Salvador, porque como allí tienen dólares, compensa un poquito”, enumera Walter. “Se van porque ya no se puede trabajar. Se siembra y no hay producto. Son tierras muy débiles y el país se seca”.

De momento resiste, su familia tiene qué comer y no ha alcanzado la cima de la pirámide que, según varios estudios, suele finalizar en la migración como último recurso para salir adelante: “Hay ratos que uno quiere irse por la situación. Al mismo tiempo al ver que no les va muy bien, uno se queda a lo poquito que puede hacer aquí”.

La roya está acabando con la planta de café. Si eso lo sumamos al bajo precio, temo que en cinco años estemos de brazos cruzados.